En 2026, la geopolítica continuará siendo el principal
factor que influye en las estrategias generales de mitigación del riesgo
cibernético. La última versión del estudio del World Economic Forum (WEF) y
Accenture, mostró que 64% de las organizaciones a nivel mundial está
considerando ciberataques con motivación geopolítica, como lo son la
interrupción a la infraestructura crítica o el espionaje. Y, de hecho, el 91%
de las organizaciones más grandes ha modificado sus estrategias de
ciberseguridad debido a la volatilidad geopolítica.
En respuesta a la volatilidad geopolítica, los encuestados
identificaron dos motores de cambio en sus estrategias de ciberseguridad: un
mayor valor en la inteligencia de amenazas (threat intelligence) y un
compromiso más profundo con las agencias gubernamentales. Esta tendencia indica
un reconocimiento creciente en la colaboración del ecosistema para navegar en
un panorama geopolítico incierto.
Un dato que llama la atención es que el 31% de los
ejecutivos declara tener baja confianza en la capacidad de su país para
responder a incidentes cibernéticos de gran magnitud, frente al 26% del año
pasado. Si bien no tenemos datos desagregados para Chile, la Ley Marco de
Ciberseguridad, es un aliciente a mejorar esta confianza.
Las tensiones geopolíticas exponen de manera particular las
amenazas y vulnerabilidades de la infraestructura nacional crítica que sostiene
a la sociedad y respalda las operaciones de innumerables organizaciones.
Sectores como la energía, el agua y el transporte son cada vez más objeto de
campañas de ciberguerra, donde la naturaleza interconectada de los sistemas
amplifica el impacto de las disrupciones.
En este entorno volátil, las operaciones cibernéticas se han
convertido en herramientas de diplomacia e influencia, utilizadas para moldear
resultados políticos y perturbar el comercio, reforzando aún más el vínculo
entre la incertidumbre geopolítica y la exposición de las organizaciones al
riesgo cibernético.
A medida que se intensifican los ataques patrocinados por
Estados y las campañas de espionaje, las organizaciones enfrentan desafíos
crecientes para anticipar los riesgos cibernéticos y alinear sus estrategias
con un contexto global cambiante. Los encuestados en el informe advierten que
estas presiones persistirán, reforzando la necesidad de contar con estrategias
cibernéticas adaptativas y resilientes, incluso en un escenario de presupuestos
limitados.
En este contexto, la ciberresiliencia ha pasado de ser un
desafío técnico a una cuestión de soberanía y autosuficiencia. A medida que las
tensiones políticas y las disputas comerciales reconfiguran alianzas y
dependencias tecnológicas, el mundo está presenciando una fragmentación creciente
de los ecosistemas digitales y tecnológicos. Este renovado énfasis en la
soberanía digital refleja un impulso urgente por parte de Estados y
organizaciones para resguardar la autonomía, controlar activos críticos y
reducir la exposición a impactos externos.
El término “cibersoberanía” se utiliza a menudo para
referirse a la aplicación de los derechos y obligaciones tradicionales de la
soberanía estatal (es decir, control del territorio, no intervención y
jurisdicción) al ámbito del ciberespacio. Este concepto se ve complejizado por
el hecho de que el ciberespacio no se ajusta de manera clara al territorio
físico (los servidores, cables y flujos de datos atraviesan múltiples
jurisdicciones), lo que dificulta la aplicación de una soberanía convencional
basada en el territorio.
A nivel organizacional, las preocupaciones en torno a la
soberanía se han vuelto cada vez más tangibles. Gobiernos, instituciones
públicas y empresas privadas están reevaluando sus dependencias de proveedores
tecnológicos extranjeros y de infraestructuras globales de nube, a la luz de
las tensiones geopolíticas y las vulnerabilidades de la cadena de suministro.
La creciente atención a la soberanía subraya la tensión
entre preservar la apertura y la interoperabilidad, y salvaguardar la autonomía
nacional, el control y la resiliencia frente a disrupciones externas.
En este escenario, la pregunta ya no es si la ciberseguridad
debe ser una prioridad, sino quién asume su liderazgo y con qué visión. La
ciberresiliencia no se construye en aislamiento ni únicamente desde la
tecnología: exige gobernanza, cooperación público-privada, inteligencia
compartida y decisiones estratégicas a nivel de directorio. Hoy proteger los
activos críticos —datos, infraestructuras y confianza— se ha convertido en una
condición habilitante para la competitividad, estabilidad y la soberanía.
Aquellas organizaciones y países que comprendan hoy esta nueva ecuación estarán
mejor preparados para un futuro donde el riesgo cibernético ya no es una
excepción, sino parte estructural del entorno global.
Fuente de la Información
https://www.msn.com/es-cl/noticias/other/c%C3%B3mo-la-geopol%C3%ADtica-est%C3%A1-influyendo-en-la-ciberseguridad/ar-AA1ZnClO?ocid=BingNewsSerp