La Ciberseguridad como asunto de Seguridad Nacional

IGNACIO GARCIA
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Por primera vez, el Estado reconoce de manera explícita que el ciberespacio se ha convertido en un dominio estratégico donde convergen riesgos criminales, económicos, políticos y geopolíticos

La publicación del Plan Nacional de Ciberseguridad 2025–2030 representa un punto de inflexión para la seguridad nacional de México. Por primera vez, el Estado reconoce de manera explícita que el ciberespacio se ha convertido en un dominio estratégico donde convergen riesgos criminales, económicos, políticos y geopolíticos. En un entorno internacional marcado por la competencia tecnológica, la fragmentación digital y el uso del ciberespacio como instrumento de poder, este reconocimiento llega tarde, pero resulta indispensable.

El propio diagnóstico del Plan es contundente: México se encuentra entre los países más atacados de América Latina. De acuerdo con reportes internacionales de empresas de ciberseguridad y organismos multilaterales, la región concentra cerca del 25% de los ataques de ransomware a nivel mundial, en donde usualmente México suele ocupar los primeros lugares en incidentes reportados contra instituciones públicas, sector financiero, telecomunicaciones y servicios críticos. Esta realidad no solo refleja la creciente sofisticación de los grupos criminales, sino también una superficie de ataque ampliada por la digitalización acelerada del Estado sin una madurez equivalente en seguridad.

En este contexto, la propuesta de crear un Centro Nacional de Operaciones en Ciberseguridad (CSOC), una Red Nacional de CSIRTs, un sistema de alertas críticas para la Administración Pública Federal y el uso de inteligencia artificial para ciberdefensa, constituye una hoja de ruta ambiciosa y, en términos conceptuales, alineada con las mejores prácticas internacionales. Países como Estonia, Israel o Reino Unido han demostrado que la centralización de capacidades, la respuesta coordinada y la automatización son elementos clave para reducir tiempos de detección y contención.

Uno de los mayores aciertos del Plan es su visión integral, la cual no sé limita a la dimensión tecnológica, sino que incorpora gobernanza, talento, cooperación internacional, gestión de riesgos e innovación. Lo anterior se agradece, ya que una región donde muchas estrategias de ciberseguridad siguen siendo documentos declarativos, la inclusión de instrumentos técnicos concretos -como protocolos de notificación, esquemas de escalamiento y mediciones de madurez institucional- refleja un entendimiento más profundo del problema.

Sin embargo, el reto no es menor: la distancia entre el diseño estratégico y la implementación operativa puede ser abismal. El primer obstáculo estructural es la brecha de talento. América Latina enfrenta un déficit estimado de más de 700 mil profesionales en ciberseguridad, y México no es la excepción. Aunque el Plan reconoce esta carencia y propone certificaciones y programas educativos, la experiencia internacional muestra que, sin esquemas de formación acelerada, salarios competitivos y mecanismos de retención en el sector público, los esfuerzos tienden a diluirse frente a la capacidad de atracción del sector privado y del mercado internacional.

Un segundo punto crítico es la fragmentación normativa. La intención de establecer un Marco General de Ciberseguridad para la APF y mecanismos de supervisión desde la DGCiber es correcta, pero insuficiente, si no se acompaña de obligaciones claras, sanciones efectivas y auditorías periódicas con respaldo presupuestal.

La ciberseguridad no puede depender únicamente de lineamientos administrativos; requiere un enfoque regulatorio que genere incentivos reales para el cumplimiento.

En este sentido, la ausencia de una definición contundente de responsabilidades y consecuencias para el sector público y privado ante incidentes que afecten servicios esenciales es una debilidad relevante. La experiencia comparada es clara: en Estados Unidos, Reino Unido o la Unión Europea, la notificación obligatoria de incidentes, acompañada de sanciones por incumplimiento y requisitos mínimos de seguridad, ha elevado los estándares de protección. En América Latina, por el contrario, la laxitud normativa ha convertido a muchas empresas e instituciones en eslabones débiles de la seguridad nacional.

En este contexto, el reconocimiento del Marco de Gestión de Seguridad de la Información (MGSI), como obligación institucional, es un avance, pero su eficacia dependerá de su implementación real de sus ambiciosos objetivos. Sin auditorías técnicas, métricas comparables y rutas claras de remediación, el MGSI corre el riesgo de convertirse en un ejercicio meramente documental y anecdótico.

Ahora bien, desde una perspectiva geoestratégica, uno de los elementos más relevantes del Plan es la cooperación internacional y la diplomacia cibernética. El ciberespacio no reconoce fronteras y ningún Estado puede protegerse en solitario. México tiene la oportunidad de asumir un liderazgo regional mediante el intercambio de inteligencia, ejercicios conjuntos, estándares compartidos y una participación recurrente en la definición de normas internacionales. En un contexto donde potencias globales utilizan el ciberespacio como herramienta de presión y desestabilización, la cooperación regional es una forma de disuasión colectiva que ayuda a proteger las operaciones locales.

Finalmente, el factor decisivo para que todo esto pueda concretarse será la estabilidad financiera. Proyectos como el CSOC, el Cyber Range Nacional o la ciberdefensa basada en inteligencia artificial requieren inversiones constantes, no esfuerzos sexenales. Sin una planeación presupuestaria multianual, el riesgo de capacidades incompletas o infrautilizadas es alto. La propuesta de certificaciones y sellos de cumplimiento puede generar incentivos, pero no sustituye la inversión pública sostenida necesaria que se requiere para poner a México a la vanguardia. Una alternativa para solucionar este enorme reto sería establecer la obligación del Estado mexicano en este rubro desde un rango constitucional.

Por todo ello, el Plan Nacional de Ciberseguridad es, en suma, un primer paso necesario e indispensable. Su diagnóstico es acertado y su ambición es pertinente. No obstante, transformar la ciberseguridad en un verdadero pilar de la seguridad nacional que exigirá pasar del enfoque reactivo a uno preventivo y disuasivo, donde el talento, la regulación efectiva, la cooperación internacional y los recursos estables, converjan en una arquitectura de resiliencia.

Si estas piezas se integran de manera coherente, México podrá transitar de una posición de vulnerabilidad estructural hacia una postura de confianza y soberanía digital. De lo contrario, el país seguirá siendo un territorio fértil para el crimen cibernético y un eslabón débil en la seguridad regional. La decisión, como siempre en materia de seguridad nacional, no es técnica: es política y estratégica y debería ser una prioridad en cualquier agenda de gobierno en nuestro país sin importar el partido en el poder.



Fuente de la Información

https://heraldodemexico.com.mx/opinion/2025/12/26/la-ciberseguridad-como-asunto-de-seguridad-nacional-754950.html

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